Prepucio
carmesí...
"Recién me conocés y ya me la querés meter por el orto".
De algunas de estas frases-historias hubo de ser testigo, sobre su colchón madrileño,
Juvenal Agüero. Aquélla, era una pibeta --una probeta en tamaño-- con un culo
extraordinariamente arrobador, carnoso, contundente. Nalgas de vidriera, más bien
pueblerina, que se las gastaba de pertenecer a lo más selecto del undergound de Buenos
Aires. Pero Juvenal no conocía aún esta ciudad, y sólo años después, en una fugaz
visita, husmearía los alrededores de su Luna Park buscando algún alojamiento barato.
Ambos, junto con otros hispanoamericanos (incluidos Las Filipinas y el
Brasil), gozaban y padecían una beca otorgada por el gobierno español. Estaban en la
península, carajo, de puro brutos, hacinados por efecto de lo eximio de su dinero;
amurallados, muy lejos, de la ya para siempre desamurallada ciudad de Madrid. Corría el
año 1988, pero la invasión del Africa no era tan elocuente todavía. La primera
impresión que tuvo Juvenal, limeño y de uno de esos barrios populares en que para nada
se siente la presencia del mar, fue la de encontrarse en un Miraflores gigante; después,
luego de mirar mejor las principales avenidas y los antiguos edificios, corrigió: un
lugar lleno de miraflorinas riquísimas, nada más. En ese momento, al lugar aún no lo
podía observar en su propio fuero interno, en sus desconcertadas dendridas de lo
semejante; eso sí, Madrid lo mantenía literalmente excitado, por no decir arrecho. La
arrechura era su rosa de los vientos; la belleza, su invisible brújula. ¡Cuánta
belleza, bendito Dios!, decía para sus adentros. ¡Cuánta mujer distinguida y amable!
¡Cuánta agraciada y tan sencilla muchacha!
Es muy lógico que lo primero que le llamara la atención fuera este descubrimiento.
Venía del Perú, esto nunca debemos olvidarlo, donde es muy dura la vida (ya se nos
entiende). Qué maldición lo llevó a nacer en Lima, lugar de mujeres tan feas, feas por
la mala leche, por la mala simiente del racismo, por el gesto de asco que engendra la
conciencia de la propia miseria, el pánico a la propia miseria. Las chicas de Madrid le
parecieron a Juvenal, en aquella época, seres desenmascarados, regalos fuera de su caja,
juguetes abiertos para el unánime y necesarísimo esparcimiento. ¡Qué ingenuo era
Juvenal! Aunque, a veces, se ponía nostálgico y peruano, muy peruano...